Crónica Viviente del Huichapense Anastasio de Ochoa y Acuña: El Alma Satírica de un Poeta Rebelde
Por Rosendo Rufino
En las polvorientas calles de Huichapan, Hidalgo, donde el sol del Bajío se filtra entre cerros áridos y antiguas haciendas coloniales, nació Anastasio María de Ochoa y Acuña el 27 de abril de 1783. Hijo de Ignacio Alejandro de Ochoa y Úrsula Sotero de Acuña, una pareja de inmigrantes españoles que luchaban contra la pobreza en las vísperas de una nación en ebullición, el pequeño Anastasio creció entre sombras de escasez económica que amenazaban con apagar sus sueños de conocimiento.
Sin embargo, como un rayo de esperanza en medio de la adversidad, una beca iluminó su camino hacia el imponente Colegio de San Ildefonso en la Ciudad de México, donde devoró filosofía con el hambre de quien sabe que el saber es su única arma. Más tarde, en 1803, cruzó los umbrales de la Real y Pontificia Universidad para sumergirse en los misterios de los cánones y la teología, mientras el viento de la independencia comenzaba a soplar con fuerza por todo el virreinato.
La juventud de Anastasio fue un torbellino de ingenio y supervivencia. Para ganarse el pan, empuñó la pluma como escribano, garabateando documentos en oficinas oscuras y polvorientas, mientras su mente bullía con versos y traducciones de los grandes clásicos latinos, franceses e italianos. Alrededor de 1810 o 1811, las puertas de la Arcadia Mexicana se abrieron para él, un círculo literario donde las palabras fluían como vino en una tertulia animada.
Allí, bajo el seudónimo “A.O.”, Anastasio tejía anacreónticas y odas amorosas que capturaban el latido apasionado de la época, publicándolas en las páginas del Diario de México como chispas de fuego en la noche. Pero el llamado espiritual lo atrajo con mayor fuerza: en 1813, ingresó al Seminario Conciliar de México, y en diciembre de 1816, a los 34 años, se ordenó presbítero, vistiendo la sotana como un manto de devoción en medio del caos independentista.
De 1817 a 1827, Anastasio sirvió como cura en Querétaro, donde sus sermones resonaban en iglesias empedradas, tocando almas en una tierra aún humeante de batallas. Sin embargo, dolencias crueles lo obligaron a regresar a la bulliciosa Ciudad de México, donde, a partir de 1828, se entregó por completo al abrazo de la literatura.
Convertido en una figura estelar de la Arcadia, se erigió como el pintor más agudo de la vida social mexicana, rivalizando con José Joaquín Fernández de Lizardi en su alianza literaria. Su pluma, festiva y satírica, introdujo un nacionalismo pintoresco que retrataba costumbres y vicios con colores vibrantes: la codicia de abogados como lobos en trajes elegantes, la charlatanería de médicos vendiendo pociones dudosas, la promiscuidad velada de jóvenes en bailes clandestinos, el fraude de comerciantes con balanzas trucadas y la hipocresía conyugal que se ocultaba tras sonrisas fingidas.
Su obra cumbre, Poesías de un mexicano, vio la luz en Nueva York en 1828, editada por Lanuza, Mendia y Cª en dos volúmenes que destilaban el espíritu de una nación recién liberada. En sus sonetos y odas, Anastasio elevaba himnos patrióticos que vibraban con el eco de cañones y gritos de libertad.
En “En la libertad de la Patria”, su voz tronaba: “¡VIVA LA LIBERTAD! ¡LA NACIÓN VIVA!”, como un clamor que hacía temblar las páginas. En la oda “En el grito de independencia”, glorificaba a Iturbide como un caudillo invencible: “Prosigue, pues, caudillo incomparable, / y desde Iguala, marcha y apresura / del fatigado Anáhuac la ventura, / arrancándole al yugo detestable”, evocando marchas heroicas bajo cielos tormentosos. Y en “En las honras de los patriotas”, rendía tributo a los mártires como Hidalgo, Allende, Morelos y Guerrero: “Por tí muriéron, ni muriéron solos”, palabras que pintaban campos de batalla salpicados de sangre y honor.
Sus Letrillas, joyas de métrica perfecta, destilaban sátira con un humor afilado como navaja. Un ejemplo reluce: “Que el que a médico se mete / con Hipócrates recete, / con Avicena o Galeno, / Bueno. / Mas que quiera dar salud / sin conocer la virtud / ni aun del aceite de palo, / Malo.”, una caricatura vivaz que hacía reír y reflexionar sobre los charlatanes de la época. Anastasio capturaba así la transición caótica de México, un mosaico de júbilo independentista y vicios heredados, precursor del costumbrismo que iluminaría la literatura nacional.
Trágicamente, el 4 de septiembre de 1833, en una Ciudad de México asolada por una epidemia de cólera que devoraba vidas como un monstruo invisible, Anastasio falleció a los 50 años. Su partida dejó un vacío, pero su legado perdura como un faro: un poeta que, con ironía y pasión, inmortalizó el alma de una nación naciente, entre risas satíricas y odas heroicas.

