CRÓNICA DE LAS ILUSTRES ALMAS HUICHAPENSES SIMONA GÓMEZ, FLORENCIA Y PILAR VILLAGRÁN
Por Rosendo Rufino
En las tierras áridas del Valle del Mezquital, donde el eco de las batallas pasadas aún resuena entre los cerros de Hidalgo, Huichapan se erige como un bastión de memoria y coraje. Allí, en el siglo XIX, dos hermanas de linaje insurgente, Florencia y Pilar Villagrán, escribieron con sangre y determinación una página de heroísmo que trasciende el tiempo.
Descendientes directas del indomable Julián Villagrán —aquel guerrillero de la Independencia que rechazó el perdón real con las palabras inmortales: “Mujeres hay muchas para tener hijos, y Patria solo tengo una”—, estas mujeres encarnaron el legado familiar de rebeldía, defendiendo su pueblo no en los albores de la nación, sino en las turbulencias de la Guerra de Reforma, cuando México se debatía entre liberales y conservadores.
Corría el año de 1861, un tiempo de divisiones fratricidas. El general conservador Tomás Mejía, con un ejército de más de 4,000 hombres, descendió sobre Huichapan como una tormenta implacable. El 7 de julio, las fuerzas liberales, comandadas por el coronel J.G. Ledesma, se atrincheraron en las torres de la iglesia nueva y en edificios clave, como la Casa de las Palomas —un punto estratégico en la antigua Calle Real—. Entre los defensores destacaban Florencia y Pilar Villagrán, junto a su hermano Bernabé y la valiente Simona Gómez. No eran soldados de uniforme, sino guardianas del hogar y la libertad, armadas con fusiles y un espíritu inquebrantable heredado de su ancestro Julián, quien medio siglo antes había proclamado la nación en Huichapan y liderado guerrillas contra los realistas.
La batalla fue feroz. Durante 24 horas, el estruendo de los cañones y los disparos sacudió el pueblo. Los hombres cayeron uno a uno, regando el suelo con su sangre. Bernabé Villagrán, fiel a su deber, pereció defendiendo la integridad de un gobierno legítimo. Cuando el parque se agotó y los compañeros yacían inertes, las hermanas y Simona, solas en la casa sitiada, no se rindieron al pánico.
Con audacia, izaron una sábana manchada de sangre en el balcón, señal de capitulación forzada. Al irrumpir los enemigos, las mujeres los enfrentaron con dignidad. Florencia y Pilar declararon al jefe adversario: “Este muerto que usted ve aquí es mi hermano Bernabé, el que cumplió con su deber al defender la integridad de un gobierno legítimo”. Simona Gómez agregó: “El parque se nos acabó y por eso nos vimos obligadas a poner ese lienzo en el balcón; si tuviéramos parque, crea usted que todavía les estaríamos haciendo fuego”.
Mejía, impresionado por su temple, las perdonó. “Yo nunca fusilo a los valientes”, exclamó, reconociendo que los huichapenses habían infligido pérdidas devastadoras a sus tropas —más de la mitad, según crónicas de la época como el periódico La Vanguardia de 1929—. Aquel “triunfo” conservador fue, en palabras del propio general, una derrota disfrazada.
Florencia y Pilar, con su resistencia, no solo salvaron vidas, sino que encarnaron el espíritu de una familia marcada por el sacrificio: Julián y su hijo “Chito” habían sido ejecutados y decapitados en 1813, sus cabezas expuestas como advertencia, pero su legado floreció en estas mujeres que, desde las ventanas de una casa humilde, desafiaron al invasor.
Hoy, Huichapan honra a las ilustres Villagrán en sus leyendas y espectáculos como “La Mesa de los Villagrán”, una cena teatralizada que revive aquellos días de gloria y dolor. Sus nombres, grabados en la Casa del Diezmo y en el corazón del pueblo, recuerdan que la valentía no se mide por el género, sino por el fuego interior.
En un México forjado por tales heroínas, Florencia y Pilar Villagrán cabalgan eternas en el viento del Mezquital, inspirando a generaciones a defender lo que es justo, con o sin municiones.

